72 horas. Capítulo 2. Top Meadow

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. 
Mt 18, 20   

            Peter Chesterton era un británico, antiguo funcionario de Scotland Yard, que terminó comprando un ruinoso cortijo en una aldea de Andalucía. Durante el tiempo que duraron las obras de rehabilitación, alquiló un piso en el pueblo, a escasos tres kilómetros de su nueva propiedad. En este tiempo daba clases de inglés, lo que le ayudó a pagar los muebles. Tras su restauración, que la realizó él solo con la ayuda puntual de un vecino albañil, convirtió el inmueble rústico en una coqueta propiedad a la que puso por nombre Top Meadow. 
    Era un hombre rodeado de un halo de misterio en su pasado, una historia que solo Alfredo, su cura y amigo, conocía. Las partes más importantes de su casa estaban en la biblioteca, la cocina y el huerto, lo cual hablaba de sus aficiones. Tenía 68 años, estaba viudo y sin descendencia. Su mujer, Mary, murió cuando cumplieron 30 años de casados. El cáncer de su esposa le trajo la conversión y un viaje a Fátima donde se reconcilió con la Virgen y tuvo su primera experiencia de Dios. Su esposa, en su enfermedad, vivió con felicidad el paso del agnosticismo a la Fe de Peter.  
    Cuando se jubiló, lo vendió todo, hizo una mochila básica de viaje y con las cenizas de Mary le dijo a Él que marcara su destino.  Finalmente, terminó en aquel lugar, gracias a un folleto explicativo, escrito en un penoso inglés, en el que hablaba de aquella comarca ubicada en la antigua Bética Romana como el lugar donde pasaba sus vacaciones Dios. Aquello le hizo sonreír y quizás fue el mensaje divino que esperaba obtener para decidir la que sería su última morada en la tierra. 
    

—Don Alfredo, alguien pide una misa— la sacristana advirtió al sacerdote.
—Que pase.
—Buenas tardes padre, me gustaría encargar una misa.
—Buenas tardes, dígame el nombre— dijo el cura mientras se disponía a escribirlo en la agenda extrañado por su acento inglés.
—Mary Chesterton— Alfredo levantó la cabeza con cara de asombro agradecido. —¿Chesterton?
—Era mi mujer, la semana que viene harán tres años de su muerte. 
—Perdone— el cura prestó más atención al apellido que a la difunta—. Dios la tenga en su gloria— pronunció para intentar arreglar el entuerto.
—Seguro que sí la tendrá si no la tiene ya—. Peter esbozó una leve sonrisa melancólica para más tarde añadir —tranquilo, entiendo que mi apellido le genere sorpresa y eso significa que es usted chestertoniano como yo.
—¿Y cómo sabe eso?
—Es fácil. Al escuchar el apellido de mi esposa su rostro era de admiración y sobre la estantería que tiene usted a la entrada de la sacristía he visto un ejemplar de El hombre eternoPor cierto, desgraciadamente, no tengo relación familiar con Gilbert K. Chesterton— Su amistad comenzó en ese preciso instante. Hacía 15 meses, pero parecía centenaria. Además, desde ese día comenzaron con la tradición de los martes dolorosos: un buen tercio de cerveza Heineken bien fría después de misa en La Sede, un pequeño hotel restaurante ubicado en el centro histórico de la localidad. Allí debatían de filosofía y teología, así como arremetían contra el comunismo y el capitalismo para ensalzar el distributismo o perdían la noción del tiempo profundizando en la antropología adecuada y en la espiritualidad del Camino de Santiago.                                                                                                                                   
    El inglés era de estatura media, delgado, de facciones rectas y abundante pelo gris alborotado. Su físico recordaba al actor Jeremy Brett, el intérprete de la serie El regreso de Sherlock Holmes, de la productora Granada Television. Era extrovertido al 50%, observador, analítico y friki de las matemáticas, siendo gran seguidor de Raíz de 5, el programa más hipotenuso de la radio. Como ser racional tenía una atrayente obsesión: su necesidad intelectual por conocer la verdad. En lo superficial, su forma de vestir recordaba a los mods y en verano, nunca se apartaba de sus floridas camisas de manga corta.

    A las 18,30 horas llegó Alfredo a Top Meadow. Su amigo estaba sentado en el banco de la entrada, tranquilo como quien domina la situación, pipa en boca y acometiendo la enésima lectura de Fe y futuro, de Joseph Ratzinger.
—¡Aquí estoy ya Peter!
—Cuéntame Alfredo.


Top Meadow, la casa de Peter Chesterton.



Comentarios

Entradas populares