72 horas. Capítulo 1. In Spe Resurrectionis

Quien te ha hecho sabe también lo que quiere hacer contigo. 
SAN AGUSTÍN


Alfredo había sido convocado por el obispo a una reunión. No quiso adelantar nada en su llamada. El cura estaba mosqueado porque, cuando convocaba Don Darío, siempre avanzaba algo. Otro elemento para la inquietud era la inmediatez de la convocatoria, de la mañana para la tarde. A las 17,00 horas estaba en el palacio episcopal, en el despacho del responsable terrenal de la diócesis y con un nerviosismo que le partía el alma.

—Siéntese Alfredo— el semblante del obispo era serio. 

—Debe marchar a Roma— le dijo mientras con su mano derecha agarraba el crucifijo que lucía en su pecho. 

—Pero ... Don Darío, si llegué hace poco más de un año de allí. Tras terminar mi doctorado creía que mi misión ya estaba en la pastoral parroquial.

—Y así es. Serán tan solo 72 horas en el Vaticano. Le dará tiempo de regresar a su parroquia para celebrar la misa dominical.

—¿Qué voy a hacer allí en tan solo tres días?— cuestionó el sacerdote mientras gesticulaba con sus brazos.

    El obispo le dijo mirando un retrato del Papa difunto —No lo sé Alfredo, no lo sé. Tan solo me han indicado que tiene una cita con el secretario del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Eso sí, total discreción. Esto solo lo puede saber Dios, por el momento.

    La cara del sacerdote se quedó blanca, ¿qué cosa tan grave había hecho para que la reprimenda no viniera de monseñor sino directamente de la Prefectura? Además, todo resultaba muy raro ya que cómo en pleno proceso para la elección del nuevo Papa el máximo responsable de la Doctrina iba a dedicar tiempo a reprimir a un cura de provincias. En ese momento los fantasmas del pasado volvieron de repente.

—En este sobre tiene dos billetes de avión de ida y vuelta— Don Darío, tras cogerlos de su mesa, se los entregó en mano.

—¿Dos?

—Sí, no irá solo, le acompañará un feligrés— monseñor miró su móvil para buscar la información del nombre del mismo. —Peter Chesterton. Curioso nombre— interpeló mientras sus dedos acariciaban su mentón agrietado de 78 años—. Es la única información que me han facilitado. Por favor, si se lo permiten, manténgame informado pues estoy en el mismo grado de incertidumbre que usted. Rezaré. ¡Buen viaje, paz y bien hermano!

    Alfredo, tras salir de allí, empezó a mensajearse con su gran amigo Peter. Eso sí, por SMS. Ellos solo usaban este medio, pues ambos odiaban WhatsApp.

—¿Qué sabes tú?

—¿De qué?

—De nuestro viaje al Vaticano.

—¿Al Vaticano? 

—Sí, nos vemos en Top Meadow dentro de 60 minutos.

—Alfredo, presiento que el Demonio ha vuelto a poner a la Iglesia en jaque.

—¿Qué dices Peter?

    Se montó en su Škoda Fabia blanco recién adquirido y marchó. Durante el camino rezó el rosario para templar su ansiedad y alejar al Maligno. El último mensaje de su amigo le dejó más preocupado, si cabía. Cuando terminó las oraciones, puso música. In Spe resurrectionis, de Metatrone, empezó a sonar con total intensidad. Conoció este grupo durante su época de estudios en la ciudad eterna, desde ese momento esa canción era una de sus inyecciones de Espíritu.


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