72 horas. Capítulo 3. Un crimen en Santa Marta
El hombre es incapaz de mirar objetivamente con ojos cínicos porque las nubes negras del escepticismo le oscurecen la visión, de modo que sólo es capaz de ver con claridad con los ojos de la inocencia.
J. PEARCE
Cuando la hermana Paola entró en aquella habitación de la Casa de Santa Marta, lugar donde se hospedaba Don Marcelo, el Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, la escena era sangrienta, hasta el punto de hacerle temblar las piernas.
Le extrañó que Su Eminencia no se presentara a la cita. Habían quedado en uno de los salones de la Domus. Ella, como su secretaria, debía despachar con él asuntos urgentes antes de que entrara en el cónclave para la elección del nuevo Papa. Era una persona de una puntualidad exquisita, por lo que doce minutos después de esperar y tras no coger el teléfono, empezó a preocuparse. Junto a la recepcionista de la hospedería, una monja octogenaria española de las Hijas de la Caridad, subieron a la habitación de aquel santo establecimiento para conocer si le había ocurrido algo. Llamaron a la puerta pero el cardenal no contestó. Después de insistir tres veces, reprimiéndose, eso sí, de no hacerlo violentamente para no despertar la curiosidad, optaron por abrir la cámara con la llave maestra. La hermana anciana se resistía a ello, pero la joven, con un gesto facial jerárquico, le invitó a ello.
Una mujer aparentemente muerta tumbada en el suelo y a Don Marcelo aturdido, de rodillas junto a ella, con las manos ensangrentadas, vistiendo un albornoz manchado de sangre, ese era el escenario que se encontraron las religiosas. La española lanzó un grito mudo, se santiguó y miró a la secretaria para que certificara que aquel cuadro sangriento no formaba parte de su imaginación. Paola estaba impactada —¿Qué ha pasado aquí Don Marcelo?— le interrogó mientras repasaba los detalles de la habitación con su ojo analítico de doctora en Antropología: la mujer tendida en el suelo junto a un charco de sangre rodeando la cabeza, sus ojos y boca abiertos que evidenciaban un cuerpo sin vida, el prefecto en albornoz, una lámpara de noche sencilla pero de forja tirada en el suelo, rota y manchada también del líquido vital. La joven no tendría más de 25 años, vestía ropa informal, vaqueros y suéter negro. A su lado un móvil con la pantalla rota, a pesar de ello, en esta aparecía una conversación de WhatsApp con Don Marcelo, sobre una banqueta había una gabardina negra femenina. La monja italiana se acercó al cuerpo para comprobar el pulso: había fallecido.
—¡Está muerta Paola, Brígida está muerta!— el prefecto balbuceó entre lágrimas y con su faz descompuesta de dolor y ciertamente en estado de shock.
—Hermana Asunción, llame a un médico— dijo Paola. —¿Aviso también a la policía? —Primero llame una ambulancia, es lo más importante ahora—. La hija de la Caridad marchó todo lo rápido que su edad le permitió. Antes de la llegada de los servicios sanitarios, ambos hablaron. El cardenal le contó, con dificultad, que se estaba duchando, oyó un golpe y salió para ver qué pasaba. Al abrir la puerta del cuarto de baño se encontró con aquella escena de muerte. Él, que estudió Medicina antes de entrar en el Seminario, se acercó a la chica para comprobar la gravedad. Pronto se percató de que estaba sin vida. Intentó desesperadamente reanirmarla pero nada pudo hacer. Era Brígida, una huérfana a la que ayudó desde pequeña, aunque le perdió la pista hace algunos años. Hoy ella contactó con él, tenía que pedirle consejo. No dio tiempo a recoger más información.
Cuando llegó el galeno, este certificó también la muerte de la joven y facilitó un tranquilizante al cardenal. La ayudante del prefecto llamó a la Gendarmería de la Ciudad del Vaticano. Tomaron declaración a los tres. Ante la importancia del implicado, fue el inspector general, Angelo Conti, quien se personó junto a un equipo de agentes en el lugar de aquel aparente crimen. Se decidió dejar a Don Marcelo en observación en el hospital y con custodia policial. El cadáver fue levantado judicialmente para su autopsia. Paola estaba muy preocupada, los hechos componían un relato que inculparía a su jefe.
Aquella noche, después de abandonar el hospital, intentó buscar una explicación a todo. Mantuvo una reunión con el abogado de la prefectura quien le advirtió de la situación extremadamente delicada del asunto. Es por esto que buscaron un buen letrado penalista. Por otro lado, la prensa no tardaría en conocer el suceso. A las 5 de la mañana, con sus manos entrelazadas invocaba al Espíritu Santo y demandaba una ayuda divina. En ese momento le vino a la mente un nombre:
—¡Chesterton, Peter Chesterton!— lanzó. Había sido su profesor en un seminario que llevó por título La búsqueda de la verdad en un crimen través de los ojos de la inocencia y el asombro pero no tenía su contacto personal, lo único que conocía es lo que les comentó cuando se presentó en aquella jornada formativa, que vivía en un cortijo de Andalucía. En ese momento, recordó otro dato, «refirió haber entablado gran amistad con un cura de Córdoba, un tal Alfredo A...»—¡Alfredo Arce!— gritó en un momento de inspiración. A las 8 de la mañana, el equipo del Nuncio en España había localizado al sacerdote y con él, se supone, a Peter Chesterton, convocando a los dos a una cita en la Prefectura. La primera ayuda divina estaba en camino.



Comentarios
Publicar un comentario