72 horas. Capítulo 4. Satanás

El Diablo, el espíritu orgulloso, no puede aguantar que se mofen de él.
TOMÁS MORO 

        Cuando los dos amigos se vieron en Top Meadow lo único que hicieron fue jugar a hacer conjeturas sobre el motivo de la cita romana. Lo que tampoco tenían claro era quién asumía el rol de acompañante en aquel viaje. ¿Sería Peter o por el contrario Alfredo? Los dos, por sus perfiles, podían tener el papel de convocados principales, o quizás lo que se quería buscar era la combinación como pareja. Alfredo descartó que todo obedeciera a una regañina sacerdotal, porque para eso ya estaba el obispo. Los necesitaban para algo importante, pero... ¿qué sería? 

    Aquel día era martes, por lo que ambos no perdonaron su Heineken en la Sede. La conversación de la tertulia derivó desde el misterioso viaje a Roma hasta la existencia del Maligno. El camarero se acercó a la mesa redonda y estrecha que ocupaban.
—¿Ponemos una segunda ronda?— dijo mientras retiraba los cascos vacíos—. Hoy, ¿qué tema toca?
—Hablamos de Satanás, Paco.
—¡Qué miedo! Me voy a ver si terminan haciéndome un exorcismo.
—Sería el segundo que te hicieran— comentó el sacerdote.
—¿El segundo?— cuestionó el barman mientras su cara componía desconcierto y dibujaba una tímida sonrisa inquieta. Él, que ya se iba a traerles los tercios, se detuvo para que les aclarasen aquello.
—Efectivamente, el primero ya lo recibiste en el Bautismo, todos los bautizados somos exorcizados en ese primer sacramento— puntualizó Peter.
    Alfredo, levantó sus manos y dijo a Paco en voz baja para no montar un escándalo —Dios todopoderoso y eterno, que has enviado a tu Hijo al mundo, para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal, y llevarnos así, arrancados de las tinieblas, al Reino de tu luz admirable; te pedimos que este niño, lavado del pecado original sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él. Por Cristo nuestro Señor. Amén. Esta fue la oración que se hizo en tu bautismo para arrojar del alma al Maligno— sentenció el presbítero.
—Reconozco señores que con cada ronda me llevo un trozito de su sabiduría—. A Paco le encantaba servirles pues siempre aprendía algo.
—¡Si eso sirve para que te acerques a misa los domingos me daré por contento! — exclamó el cura.
—Por lo pronto, me acercaré a la barra a por sus cervezas y les traeré una tapita de unas ricas croquetas de setas.
—¡Fantástico!— Peter, que ya empezaba a tener hambre, agradeció aquella gentileza con una exclamación.
—Por cierto mi querido británico, ¿sabes cuál es el Papa al que más teme el príncipe de la mentira? 
—Intuyo que San Juan Pablo II por ser tan devoto de Fátima— respondió Chesterton.
—Sí, pero todo viene porque, según dijo un demonio al exorcista romano Amorth, el Papa polaco desarmó los planes satánicos comunistas y llevó a muchos jóvenes a Dios.
—La envidia— dijo el británico mirando al infinito—. Ahí está el origen del mal.
—Efectivamente, Satanás, que era el ángel preferido de Dios, sucumbió ante ella cuando éste creó al hombre a su imagen y semejanza, cosa que no hizo con él. De ahí su obsesión por provocar la caída de la humanidad para así hacer daño a su Creador. 
—Y pensar que entre la Iglesia cundió la idea de que el Diablo no existía— compartió Peter con su interlocutor.
—Las ideologías del 68 también calaron en nuestra jerarquía— explicó el padre Alfredo—. Pero el Señor nos envió a San Juan Pablo II para luchar contra ellas.
—El problema es que él marchó y la ideologías siguen aquí y con más fuerza destructiva que nunca— respondió Chesterton.
—Gracias a Dios nos queda la nueva Eva y su Santo Rosario— contrarrestó Alfredo levantando el tercio como proponiendo un brindis mariano que no finalizó. 
—Tengo la corazonada de que todo esto está en el origen de nuestra convocatoria: el Maligno— esgrimió Peter—. Es tarde. Vámonos a descansar presbítero, mañana a las 7 debemos estar en el aeropuerto rumbo a Roma, la ciudad eterna—. Reclamó la atención del camarero con un gesto y en su labios se dibujó un “cóbrate”. 
    Cuando salieron del bar, Peter le comentó a su amigo —¿Te has fijado en el hombre que estaba sentado dos mesas delante de la nuestra? Por su actitud corporal, he observado que no ha perdido ningún detalle de nuestra conversación.
—No me he dado cuenta. ¿Quién era?
—No creo que sea de aquí, será un turista. 
—Bueno, Peter, la verdad es que nuestras charlas siempre son interesantes, yo hasta pagaría por escucharlas— dijo entre una gran sonrisa y poniendo su mano derecha sobre el hombro de aquel—. Mañana nos vemos a las 4,30 h. en la puerta de la Parroquia.


La Sede, martes doloroso. 





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