72 horas. Capítulo 5. Petriano
Todos los caminos conducen a Roma
MILLIARIUM AUREUM
A las 4 horas y 25 minutos llegó Peter al interior del Škoda Fabia que se encontraba aparcado en la puerta del templo parroquial. Allí le esperaba su amigo escuchando el rock progresivo de Neal Morse y su In the name of the Lord. Una vez se abrochó el cinturón y tras la mirada del británico que evidenció la poca gracia que le hacia la banda sonora que le había preparado, Alfredo optó por dedicarle la 3ª sinfonía de Mahler, la tenía preparada para que les acompañara hasta el aeropuerto de la Costa del Sol.
—Gracias, sublime— dijo mientras su mano derecha levitaba adecuándose a las notas interpretadas.— A mi mujer le encantaba Mahler y a mi también porque me hace recordarla. Proclamaba que esta tercera sinfonía es su mejor obra, la incorporación de las coros femeninos y de niños son un deleite para el oído.
—Gustav Mahler, el judío que, finalmente, reconoció al Mesías y se convirtió al Cristianismo— puntualizó el sacerdote.
—Mary comentaba que en sus creaciones sinfónicas siempre buscaba a Dios— En ese instante, la melancolía hizo que los ojos de Chesterton se volvieran cristalinos.
—Ese cuello me resulta familiar— La pareja se encontraba ya sentada en el avión a punto de despegar, Peter reclamó la atención de Alfredo sobre una persona que se ubicaba tres filas delante de ellos.
—No me digas que es ...— No dejó terminar al presbítero.
—Sí, ese cuello y ese torso es el mismo que estaba en la Sede delante nuestra y muy pendiente de todo lo que hablábamos.
—Pues se ve que también va a Roma.
—O nos acompaña que es diferente.
—No insinuarás que nos está siguiendo.
—Recuerda que fueron muchos años los que me tiré como detective en Scotland Yard y allí aprendí a reconocer cuando van detrás de ti.
—En este caso, delante, porque siempre ha ido delante nuestra— añadió Alfredo componiendo una sonrisa.
Al llegar a Fiumicino, tenían un especial interés por ver la cara de aquel hombre pero, les fue imposible. Salió delante de ellos y al encontrarse el avión completo se formó una cola lenta para el desalojo que les dificultó la tarea de espías. Por el momento, decidieron no prestarle más atención al tema, pues la cita de Roma ya tenía suficiente enjundia. Tomaron un taxi para ir hasta el Vaticano. Allí, sorpresa, fueron recibidos por una manifestación de mujeres a pecho descubierto de Femen que intentaban ser desalojadas por la gendarmería vaticana y algún que otro guardia suizo. Se encontraban en la entrada Petriano, justo por donde tenían que pasar para ir a las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe en la plaza del Santo Oficio.
—¿Esto es por nosotros?— Refirió con cierta sorna inglesa Peter a su acompañante.
—Creo que no, mi querido amigo. En ese cartel que portan demandan que no se elija a un Papa sino a una Mama.
—¡Si ya tenemos una Madre y encima con mucho más poder que si tuviéramos una Mama, es reina celestial y universal!— proclamó Peter—. Alfredo, deberías darles una de tus feministas catequesis sobre la mujer en el Génesis y los Evangelios— El cura ahora lo que quería era salir de esa situación tan comprometida.
Con una pequeña dosis de vergüenza ajena y mirando para otro lado pasaron al lado de la protesta. Los policías les dejaron entrar en el Vaticano interior cuando mostraron el documento que les facilitó el obispo. En ese preciso instante, una de las manifestantes agarró al padre, su amigo tiró de él y lo liberó, quedando todo en un mal rato. Alfredo rezaba para que ese momento no hubiese sido recogido por ninguna cámara indiscreta.
—Esta claro que esa mujer no quería que entraras.
—Aquí dentro ya me siento protegido de la mundanidad– comentó mientras intentaba recomponerse la manga de su elegante chaqueta presbiterial.
—¿Seguro? Satanás donde más disfruta es cuando ejecuta las tentaciones a los creyentes, especialmente a los ordenados y aquí dentro hay muchos.
A las 12,30 entraron en el edificio, enseguida un cura se les acercó hablando en español y con acento alemán.
—El Señor Chesterton y el padre Don Alfredo, ¿supongo?
—Los mismos— dijo el párroco que comprendió que él asumía la función de acompañante y esto le relajó.
—Me alegro de que hayan llegado. Permítanme sus bolsas de viaje, las dejaremos aquí en consigna.
—Gracias —comentó al unísono la pareja.
—Acompáñenme, por favor.
A través del ascensor, subieron hasta la segunda planta de aquel edificio de la antigua Inquisición. Caminaron a paso ligero por un pasillo para llegar a una gran habitación que era la antesala de un despacho. El sacerdote teutón llamó a la puerta, para solicitar permiso de entrada.
—Ya están aquí, les hago pasar— La pareja entró en aquella cámara.
—Mr. Chesterton, ¡cómo me alegro de volverle a ver! Aunque las circunstancias son bastante desdichadas– él prefirió no profundizar en esto último.
—Paola, ¡cuánto tiempo!
—Don Alfredo, encantada de conocerle.
Alfredo se sintió desconcertado por la familiaridad de ambos. Entre su amigo y la hermana le explicaron de que se conocían. Paola les narró porqué habían decidido llamarlos, bueno, en realidad el interés estaba en el antiguo inspector inglés, pero desde la Nunciatura vieron que sería aconsejable que viajara con su párroco, que supondría dar una visión de jerarquía eclesiástica a aquella decisión de ponerse en manos de un laico para salvar a Don Marcelo.
Estaban impactados y abrumados por su misión. La hermana les había reservado una habitación en Santa Marta, precisamente la contigua a donde tuvo lugar el desgraciado suceso. Allí también les habilitaron un despacho para la logística de la investigación. Chesterton pidió tener acceso a los archivos y dependencias del Vaticano, ver la escena mortal y poder hablar con el cardenal, así como con cualquier persona que resultara de interés. Paola entregó al británico el informe forense ya traducido al inglés. Tenían 72 horas para dar sentido a aquella tragedia. Ese era el tiempo del que disponían antes de que comenzara el conclave para la elección del nuevo Papa. Don Marcelo, si demostraban su inocencia, debía estar en él al ser un destacado papable.



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